Es dueña de uno de los 1394 puestos callejeros en la Ciudad. Una mujer dispuesta a todo por un futuro mejor para sus hijos.
Cintia Rodríguez tiene 35 años. Es petisa y robusta. Lleva una remera apretada que marca las curvas exageradas que escapan de su pantalón negro. El pelo enrulado lo lleva cómodamente atado y deja al descubierto su tez morena y perfecta.
Trabaja hace dos años vendiendo pañuelos y collares en la esquina de la avenida Santa Fe y Talcahuano. De lunes a sábado ella es parte del paisaje de esa característica avenida comercial de Barrio Norte. A sus pies apoya una lona con los collares de piedras prolijamente ordenados y sobre un palo de madera cuelga una variedad de coloridos pañuelos. Así permanece, parada de 9 a 18 horas, cambiando de posición de vez en cuando para aliviar el peso sobre sus piernas y reacomodar su espalda.
Este es tan sólo uno de los 1394 puestos de venta callejera en la Ciudad de Buenos Aires. El último relevamiento del Observatorio de Comercio y Servicios PyMEs de la Cámara Argentina de Comercio (CAC), indica que el índice de venta ilegal está en ascenso. En el mes de julio la venta informal creció un 25,7% respecto del mes anterior. Según la CAC, “indumentaria y calzado” fue el rubro más comercializado en julio, representando un 28% de la venta callejera. Sobre esto Cintia remarcó: “Yo vendo lo que usa la gente, los pañuelos y collares hoy están de moda y las mujeres los compran”.
Por su parte, la avenida Santa Fe registró el mayor crecimiento con 71 puestos contabilizados por la CAC. Cintia concuerda que cada vez hay más personas vendiendo en la calle y admite que es un acto ilegal por el que puede ser penalizada con multas de 200 a 600 pesos según el artículo 83 del Código Contravencional. “Varias veces vino un policía y cuándo le dije que no tenía registro me dijo que me vaya. Pero al rato vuelvo y no me dice nada,” relató Cintia. “Yo no quiero romper la ley”, confesó, “pero de algo tengo que trabajar”.
Cintia es madre de tres hijos. Se casó a los 23 años después de dar a luz a su primer hija, Yanina. Viven en Del Viso, donde poco a poco, con su marido Omar, construyeron su propia casa. Primero tenían un cuarto con cocina y baño. Cuando nacieron sus otros dos hijos, los Rodríguez lucharon para agrandar su casa. “Hoy”, contó Cintia orgullosa, “tenemos un cuarto para las nenas, uno para el nene y otro para nosotros”.
Su marido es plomero y trabaja por horas cerca del barrio. “Mi esposo gana bien, pero con eso sólo no nos alcanza. Hay que comer, vestir a lo chicos, comprarles cosas para la escuela, mantener nuestra casa,” explicó Cintia. “Yo ayudo con los 1000 pesos que gano por mes, no es mucho, pero es algo,” afirmó.
Cintia es una mujer con proyectos que sabe exactamente lo que quiere y lucha por lograrlo. “Mis viejos fueron un gran ejemplo para mí: me dieron mucho amor y me enseñaron el valor del trabajo”, reconoció.
Cuándo era una niña de preescolar, sus padres tenían su propia panadería y les iba muy bien. Pero a los 12 años su padre se murió y Miriam, su madre, tuvo que cerrar el negocio. Cintia dejó la escuela para ayudar, como hermana mayor, a su mamá en las changas que hacía.
“Aunque mi infancia tuvo momentos buenos y malos, yo aprendí a trabajar, a buscar lo mejor y a valorar la educación,” admitió Cintia. “Sin educación no sos nadie,” concluyó con los ojos bajos, “por eso no quiero que mis hijos trabajen. Ellos tienen que terminar la escuela y después estudiar un oficio”.
Cintia viaja todos los días una hora y media en tren para llegar a su puesto de trabajo. Reconoce que es ventajoso no depender de nadie y confiesa que lo que más detesta es trabajar por donde la gente camina apurada e indiferente. “La gente pasa como si me fuese a atropellar. Igual vendo bastante, pero es más lo que frenan y preguntan que lo que compran,” aseguró frustrada. Los pañuelos salen 20 pesos y los collares entre 30 y 45 pesos.
Hay personas que creen que existe un destino al que no pueden escapar. Un destino que determina su vida, la moldea y la guía, una fuerza mayor ineludible. Hay otras que ponen la fe en sí mismas. En que la fuerza que mueve y conecta los puntos motores de su vida son ellos mismos. Cintia Rodríguez es uno de ellas.
Cómo la vi
Yo lo había comprado un pañuelo a Cintia Rodríguez hace un año. Y soy como ella describe: “las que pasan y preguntan pero no compran”. Esta vez me acerqué con otra intención: conocerla. Al principio no le gustó la idea, e incómodamente me contestó que estaba ocupada arreglando los collares en la lona. ¿Cuánto podría tardar? Nada, entonces me quedé esperando. Pero cuando percibí que era una excusa para no hablar conmigo, le dije que iba a volver más tarde. Y así fue. Cuándo volví se rió sabiendo que yo había ganado. Entonces nos quedamos hablando dos horas, entrecortadas por las personas que compraban. Cintia es muy cálida y natural, y se mostró muy relajada hacia el final de nuestra charla. Es una mujer luchadora y perseverante con la que da gusto conversar porque transmite entusiasmo. Frente a ella, mi vida y mis problemas se hicieron pequeños, y todo tomó una especie de dimensión.






