Crónicas del BICENTEscabio

10 06 2010

El Bicentenario argentino fue a simple vistea muy lindo, muy organizado y muy ruidoso. La Avenida 9 de Julio acuñó a millones de personas durante los cuatro días que duraron los festejos para conmemorar nuestro primer gobierno patrio en 1810.

Siempre hay gente, que como decimos vulgarmente, le busca la quinta pata al gato. Y yo soy una de ellas. No es que sea rebuscada, complicada o quejosa -aunque algo quejosa soy-, sólo pido que las cosas se hagan bien.  Y en el cumpleaños número 200 de nuestra patria, varias cosas no me gustaron.

¿Cristina, dónde está?

En el desfile del primer día, nuestra querida presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, no estaba presente en el palco presidencial. Para mí, una vergüenza, eso es todo lo que puedo decir.

Como argentina, mientras miraba los uniformados desfilar por la 9 de Julio, me dio mucha rabia que Cristina no esté aplaudiendo a las fuerzas armadas, a la policía a la aeronáutica y a todos los que ese día caminaron la avenida. Sobre todo, mi sensación fue: “a ella el país le importa poco y nada”.

Tres días más tade corroboré esa teoría. Sucedió que a Cristina le ganó su orgullo y se resistió a ir a la ceremonia de reapertura del Teatro Colón organizada por su enemigo Gobierno de la Ciudad. 

Debo decir que me sorprendió el respeto que se les presentó a todos quienes desfilaron el sábado. Con la historia de divisiones y rencores que tenemos en este país, fue una gran alegría ver que nadie gritó o insultó a los policías ni a las fuerzas armadas. Eso es signo de que en el fondo los argentinos queremos vivir en paz todos juntos.

Lástima, que en medio de ese deseo, Cristina no nos acompañaba. Quizás no sea pura coincidencia, tal vez ella sólo esté cuando promueve la división.

Bicente-¿qué?

A veces cuesta llegar a ver las cosas como son. A pesar de todos los festejos, recitales y puestas en escena muy bien armadas, hubiese deseado que el bicentenario sea una fiesta realmente celebrada por todos. Esperaba un poco más de sentimiento nacional. Mi abuelo, de 87 años vestía y sentía en el corazón la escarapela argentina, recordando a los grandes como Alberdi y Sarmiento que construyeron nuestro país. Mis amigos, en cambio, decían: “bicente-¿qué?”

Pero para quienes nacimos en una Argentina ya cansada y desgastada, el bicentenario fue un fin de semana largo más.Muchos jóvenes huyeron a campos, quintas o a Mar del Plata a salir todos los días y romperse la cabeza. Para ese grupo patético, pero que son el grueso de la juventud más privilegiada de la Argentina, el bicentenario fue un biceteescabio.

Nada les interesó. Ni el espectacular desfile militar, ni el desfile de la integración del que participaron más de 4000 integrantes de 80 colectividades. Tampoco les llamó la atención el juego de luces que proyectó imágenes de la historia argentina sobre el Cabildo o el  racconto artístico por Fuerza Bruta.

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Comida criolla y a la cama 

No puedo ser hipócrita. Yo me quedé en Buenos Aires y me estremecí frente a las multitudes de gente que veía pasar desde mi ventana yendo hacia el obelisco. Pero en un principio, me costó llegar a la 9 de Julio a festejar con todos nuestro cumpleaños. Me retuve los primeros dos días y después me animé y me sumé a los que se acercaban a los actos.

El último día, con la televisión prendida, estaba atónita. Decían que habían millones de personas en la calle. Sabía que iba a haber un espectáculo increíble de Fuerza Bruta y partí hacia allá con mi mamá y mi hermanita.

¡Que decepción! Caminamos hasta llegar a 9 de Julio y Diagonal como si estuviéramos en un recital. La gente iba atropellando a todo ser humano que se le parase al frente. Había como una especie de desenfreno que me movilizó mucho. Muchos grupos de adolescentes sentados en la vereda tomaban cerveza o fernet y fumaban marihuana.

Yo entiendo que el mundo no es lo bello que quisiéramos, ni que todo puede salir perfecto, ni que todo pueda ser controlado. Pero esa imagen fue demasiado fuerte.

Frustrada nuestra participación en el cierre de los festejos, y hartas del olor a marihuana y de las botellas rodando por la calle, partimos las tres de vuelta a casa. De camino, pasamos por un lugar de comida criolla y nos compramos unos tamales y unas humitas. Nos tiramos todos en la cama de mamá y papá y vimos los festejos desde ahí. Todos juntos, en familia y comiendo nuestra comida.

De eso, sí que no tengo ninguna queja.








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